¿POR QUÉ LA «PAZ» BÍBLICA NO SIGNIFICA SIMPLEMENTE «ESTAR TRANQUILO»?

¿POR QUÉ LA «PAZ» BÍBLICA NO SIGNIFICA SIMPLEMENTE «ESTAR TRANQUILO»?

«Y el mismo Señor de paz os dé siempre paz en toda manera.» (2 Tes. 3:16a)

Uno de los anhelos más comunes del apóstol Pablo era el que sus hermanos pudiesen gozar constantemente de la paz. No es casualidad, que al saludar en sus epístolas utilice constantemente la expresión: «Gracia y Paz», y que lo haga no por cortesía, sino como una expresión de deseos santos.

La palabra paz en griego (εἰρήνη) era muy común en el tiempo bíblico, pero en nuestros días la gran problemática con este término radica en la definición que se le ha otorgado. Para muchos, la paz se define solo como la ausencia de conflictos o guerras; pero cuando miramos las Escrituras, apreciamos que significa mucho más que eso.

Veámoslo de esta manera, si tener paz implicara solo el vivir sin ningún tipo de conflictos, las personas podrían lograr este estado por medio de mentiras, o el consumo de drogas, o incluso a través de una buena siesta. Pero eso solo generará una ausencia temporal y efímera de los problemas que nos puedan aquejar en un determinado momento de nuestras vidas. No tardaríamos mucho en notar que todas las dificultades finalmente siguen estando presentes. Aquel intento por obtener paz de manera infructuosa termina siendo altamente engañoso.

La verdadera paz, entendida bíblicamente, es aquel bienestar y satisfacción que se consigue aun en medio de los conflictos como resultado de una confianza firme en el control soberano de Dios. Esta paz es el resultado de sabernos amados y perdonados por un Dios que se preocupa activamente de lo que es mejor para nosotros, aunque lo mejor implique momentos difíciles y dolorosos. La paz bíblica tiene un solo origen, y ese es el mismo Dios. El apóstol Pablo lo afirma de la siguiente manera:

«Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo, a los santos y fieles hermanos en Cristo que están en Colosas: Gracia y paz sean a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo» (Col. 1:1)

Es notable admirar como la gracia y la paz provienen exclusivamente «de» Dios el Padre y Jesucristo. En ellos está la fuente y el origen de nuestra paz, y en ellos la oportunidad de recibirla.

La Biblia nos enseña que luego de la entrada del pecado al mundo (Génesis 3), el hombre nace con una disposición rebelde hacia Dios. Cada día de su existencia el hombre trata de complacerse a sí mismo, rechazando la autoridad divina y, por lo tanto, experimenta un constante rechazo y enemistad activa hacia su Creador. La ausencia de paz queda en evidencia por la realidad latente del pecado.

El hombre natural, es decir, quien no ha aceptado por la fe la salvación prometida en Cristo, tristemente no piensa en Dios, ni mucho menos puede lograr la paz con Él en sus propias fuerzas, ya que sus mejores esfuerzos, en el mejor de los días, no son más que «trapos de inmundicia» comparados con la Santidad y la Pureza de Dios (Is. 64:6). Así que, en nuestro estado pecaminoso, no podemos reconciliarnos y tener paz con Dios, no importa cuánto tratemos de intentarlo, siempre fallaremos. Ahora el problema es aún mayor, puesto que la Escritura enseña que el hombre natural ni siquiera desea reconciliarse con Dios (Rom. 3:10-11).

Así mismo, las Escrituras nos enseñan que fue Dios quien tomó la iniciativa de buscar la paz con el hombre, y lo hizo al prometernos que nos enviaría un «Príncipe de Paz» (Is. 9:6), su hijo Jesús. El nacimiento de Jesús fue anunciado por ángeles con estas palabras: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres en quienes Él se complace» (Lc. 2:14). Jesús vivió una vida perfecta en esta tierra, y murió de una manera despreciable, para llevar el «castigo de nuestra paz sobre Él» (Is. 53:5).

Antes de morir, Jesús prometió a los suyos: «La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo» (Jn 14:27). La muerte y resurrección de Cristo hicieron posible que el hombre pueda ser justificado delante de Dios, es decir, declarado legalmente sin culpa ante Él, solo mediante la fe en Cristo, al creer «el evangelio de la paz» (Ef. 6:15). Como consecuencia natural, el hombre entonces puede disfrutar de la paz para con Dios, tal como lo señala Romanos 5:1. Una paz que refleja que nuestra gran deuda por el pecado ya ha sido cancelada y que Dios nos ve como justos (Col. 2:14; Ro. 3:22). «Ya no somos enemigos, sino hijos amados» (1 Jn 3:2) y podemos tener comunión con la naturaleza Santa de Dios, porque Él nos ve «en Cristo», o sea, como si hubiésemos sido siempre tan justos como Jesús.

Tal como nos muestra el texto, es Dios el dador de la verdadera paz a quienes le pertenecen. Los incrédulos no viven esa paz, y en el mejor de los casos, ellos podrían experimentar una tregua cuando Dios en su misericordia les manifiesta su paciencia, pero, aunque hay una tregua, no hay una verdadera paz.

La gracia y la paz fluyen de nuestro Creador. No podemos hacer nada humanamente para conseguir la verdadera paz. No existe un método humano lo suficiente sofisticado que nos asegure tal condición. Por más que medites, te aísles, te desintoxiques digitalmente, o te retires en silencio, no podrás llegar en tus propios méritos a la paz. Dado que ésta solo proviene de Dios, debemos acudir única y exclusivamente a Él para obtenerla.

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¿ES EL CRISTIANISMO UNA RELACIÓN Y NO UNA RELIGIÓN?

¿ES EL CRISTIANISMO UNA RELACIÓN Y NO UNA RELIGIÓN?

Sin importar cuan convincente o interesante suene una frase en particular, lo importante es discernir como se fundamenta o no en la verdad. La frase que hoy estaremos analizando establece dos afirmaciones concretas y opuestas entre sí:

 

  • El cristianismo es una relación.
  • El cristianismo no es una religión.

En primer lugar, debemos apreciar que esta declaración asume de manera positiva el concepto de relación, en contraste con el de religión. El problema aquí radica en que «relación» a secas no dice mucho, y tampoco señala a qué tipo de relación se refiere; no señala los participantes de esta, ni mucho menos el compromiso de los participantes en aquella relación. Por lo tanto, deja abierta la posibilidad al oyente para definirlo.

Muchos podrían argumentar que son cristianos porque simplemente poseen una relación personal con Jesús, pero es tan, pero tan personal, que no necesitan ni la oración, ni la Biblia, ni mucho menos de la iglesia. Bajo esta premisa, argumentarían: ¿Por qué llevar a cabo todas aquellas prácticas religiosas, si yo ya tengo una relación personal con Él?

Ahora bien, si vamos al filtro correcto de las Escrituras, no dejándonos llevar por lo que «suena bien», y somos orientados en nuestros sentidos por lo que es correcto (el consejo divino), apreciaremos –de manera precisa– que todos los hombres tienen una relación con Dios, el gran asunto, es si esta relación es buena o mala.

En la carta a los Romanos el apóstol Pablo señala:

«Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación» (Ro. 5:10–11)

Desde el pecado original, todos los hombres nacemos bajo la condición de enemigos de Dios, nuestra relación con Él se manifiesta por medio de una rebelión abierta a su autoridad, indisposición a reconocer su gloria y una profunda ingratitud (Ro. 1:20–21). Con todo aquello en evidencia, Dios mismo se encargó de proveer una oportunidad para que la relación del hombre con Él fuese correcta, por lo tanto, envió a su propio hijo Jesucristo para que pagara con su muerte en la cruz el precio que el hombre debía pagar por su pecado. Cristo cumplió la ley que hemos quebrantado, sufrió el castigo que merecíamos, y apaciguó la justa ira de Dios contra nosotros (Col. 2:14). Por lo que, disfrutar de su gracia, su perdón y vivir para Él, son los resultados evidentes de lo que las Escrituras definen como reconciliación.

Es imperativo que reflexionemos en esto: Nunca le faltó al hombre una relación con Dios, el asunto es que aquella relación era hostil, tal como sigue siendo en la actualidad para los incrédulos. Debemos recordar que el apóstol Pablo describe el evangelismo, no como el ministerio de la relación, sino como «el ministerio de reconciliación» (2 Co. 5:18). Estamos llamando a las personas a ser reconciliadas con Dios por la obra sustitutiva de Jesucristo en nombre de los pecadores (2 Cor. 5:21). Es incorrecto poner a las personas a decidir entre una religión y una relación, cuando la división debe ser hecha entre la religión verdadera y la falsa, o en su defecto, entre una relación reconciliada y una distanciada.

Si volvemos a nuestra frase engañosa, la segunda parte de su aseveración plantea que: «El cristianismo no es una religión», y con ella, se le da un carácter negativo a la religión, asociándola erróneamente, y de forma casi exclusiva, al cumplimiento de rituales gravosos para el ser humano.

Para asumir una conclusión correcta, debemos pensar primeramente, en el origen etimológico de la palabra religión, la cual procede del latín religio, religiōnis, formándose a partir de tres elementos:

 

  • El prefijo reexpresa repetición, y por ende firmeza e intensidad.
  • Luego tenemos el verbo ligāre, que por medio de la palabra ligar, señala la idea de estrechar un vínculo.
  • Finalmente se completa con el sufijo ontomado del latín o, ōnis, propio de la estructura de la palabra para proporcionar acción y efecto.

De esta manera, en su sentido etimológico, religión comunica el vínculo existente entre el hombre y otro ser o seres, o en este caso particular con Dios u otros «dioses». Dicho tan solo eso, queda manifestado de manera explícita en el término religión, el concepto de relación. De esta forma, podemos concluir, que relación y religión no son conceptos opuestos, sino más bien complementarios.

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¿PROHÍBE LA BIBLIA QUE JUZGUEMOS A OTRAS PERSONAS?

¿PROHÍBE LA BIBLIA QUE JUZGUEMOS A OTRAS PERSONAS?

El capítulo 7 de Mateo ha sido, por excelencia, el texto más usado por los defensores del «no juzguéis» para defender su punto. Ellos argumentarán que, al ser un mandato divino, es incorrecto que los creyentes se atrevan a juzgar ciertas situaciones o personas, siendo absolutamente impropio que estos eludan lo que el libro de Mateo señala. ¿Pero realmente el texto está prohibiendo los juicios? Veamos lo que señala dicha porción:

«No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido. ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano» (Mt. 7:1–5)

No hay duda alguna que hay un tipo de juicio en el texto que es abiertamente condenado por nuestro Señor Jesucristo, y ese es el juicio hipócrita, aquel que se realiza apuntando la paja del ojo ajeno sin advertir o reconocer la viga que existe en el propio (v. 3). Este juicio establece y exige un estándar superior, el cual ni siquiera nosotros estamos dispuestos a asumir y aplicar en nuestras vidas.

La escena es digna de un buen análisis, Jesús describe a un hombre que ve una paja o astilla en el ojo de su hermano, pero no es capaz de darse cuenta que hay una tremenda viga en el suyo. Probablemente, muchos de nosotros hemos tenido un objeto pequeño e irritante en nuestros ojos que nos ha provocado dificultades en la visibilidad, pero seguramente ninguno ha tenido una viga, lo que haría de nuestra capacidad de observar y ver lo que sucede a nuestro alrededor, algo francamente imposible.

El punto es claro y digno de ser reconocido ¿Cómo es posible tener la capacidad de ver una astilla en el otro, sin ver nuestra propia viga? ¿Cómo podríamos ofrecer una cirugía ocular minuciosa en el ojo de nuestro hermano estando nosotros con una necesidad evidente de cirugía mayor?

Es así como Jesús le dice al hombre que tiene una viga en su ojo, que la saque de sí, antes de intentar ayudar a su hermano. Este debe considerar su necesidad de corrección para poder así observar bien y ayudarle de buena manera: «Y entonces verás claramente para sacar la astilla o paja del ojo de tu hermano» (v. 5b). En este sentido nuestro Señor desea dejar claramente establecido que el juicio hipócrita está prohibido y se constituye en una imposibilidad para el creyente.

A lo largo de las Escrituras, se insta a los cristianos a juzgar entre la verdad y el error, lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo. Jesús dijo: «juzgad con juicio justo» (Jn. 7:24). Pablo escribió a los creyentes de Corinto: «Os hablo como a sabios; juzgad vosotros lo que digo» (1 Co. 10:15). Y claramente, Dios requiere que discriminemos correctamente cuando se trata de asuntos de sana doctrina. Señala: “Examinadlo todo y retened lo bueno” (1 Ts. 5:21).

El apóstol Pablo incluso elogió a los hermanos de Berea por juzgar justamente su enseñanza: «Ellos recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así» (Hch. 17:11). El apóstol Juan advirtió y exhortó a los cristianos: «Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus para ver si son de Dios, porque muchos falsos profetas han salido al mundo» (1 Juan 4:1).

Es evidente que todos los cristianos estamos llamados a juzgar con rectitud y con la Palabra de Dios como la balanza para discernir la verdad del error. Después de todo ¿Cómo pueden los cristianos contender ardientemente por la fe (Judas 3) a menos que hagan juicios sobre lo que «la fe» es?

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¿DEBERÍA TOMAR DECISIONES EN BASE A SI SIENTO PAZ O NO?

¿DEBERÍA TOMAR DECISIONES EN BASE A SI SIENTO PAZ O NO?

No son pocas las ocasiones en donde se ha escuchado a creyentes señalar que la razón para tomar una decisión particular ha sido la paz que han sentido. Sea cual sea la circunstancia que nos lleva a tomar una decisión, el punto es que se le asigna a la paz una capacidad sorprendente en cuanto a su poder de resolución, limitando el curso de acción de la vida a lo que sería el sentir o no sentir aquella paz.

Pero ¿Qué tan bíblica es esta forma de pensar? ¿En qué momento la paz asume un rol gravitante en las determinaciones de la vida de un cristiano? ¿Cuál es la base para afirmar con tanta convicción que sentir paz es lo esencial para hacer o no hacer algo?

Las Escrituras en el libro de Jonás señalan lo siguiente:
«Vino palabra de Jehová a Jonás hijo de Amitai, diciendo: Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y pregona contra ella; porque ha subido su maldad delante de mí. Y Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis, y descendió a Jope, y halló una nave que partía para Tarsis; y pagando su pasaje, entró en ella para irse con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de Jehová» (Jon. 1:1–3)

Este es un relato muy conocido. La determinación divina es que los despiadados ninivitas tuviesen la oportunidad de arrepentirse de sus pecados, y Jonás es el encargado de llevar de parte de Dios un mensaje de juicio para ellos. Pero, por más que es explícito que Dios ha dado una orden a Jonás, y que la ida a Nínive es lo que el profeta debe hacer, está determinación no produce paz en el corazón de Jonás, sino todo lo contrario: Sentimientos de intranquilidad, intentos de huir de la presencia de Jehová, uso innecesario de recursos en la compra de pasajes, etc. Obviamente, nada bueno se puede esperar como resultado de desatender la voz de Dios. Pero, aunque Jonás no tenía paz para hacer lo que era correcto, sí la tenía para llevar adelante sus propias malas determinaciones.

Al continuar el relato del Antiguo Testamento, se puede notar cuan tranquilo se encuentra Jonás con sus decisiones. La Escritura señala:
«Pero Jehová hizo levantar un gran viento en el mar, y hubo en el mar una tempestad tan grande que se pensó que se partiría la nave. Y los marineros tuvieron miedo, y cada uno clamaba a su dios; y echaron al mar los enseres que había en la nave, para descargarla de ellos. Pero Jonás había bajado al interior de la nave, y se había echado a dormir. Y el patrón de la nave se le acercó y le dijo: ¿Qué tienes, dormilón? Levántate, y clama a tu Dios; quizá él tendrá compasión de nosotros, y no pereceremos» (Jon. 1:4–6)

Tratemos de imaginar esta escena. Hay una tempestad tan gigante en el mar que los marineros, con la experiencia que tienen, pensaban que la nave se iba a partir, naturalmente tienen miedo, claman a sus dioses y empiezan a lanzar sus enseres, y ¿Qué está pasando con Jonás? Frente a todo lo que sucede, manifiesta calma, relajo y descanso. A fin de cuentas, un sentimiento de paz que dista mucho de lo que es agradable a Dios. En este sentido, Jonás es una pequeña muestra del peligro que conlleva pensar que el sentimiento de paz nos ayudará de manera objetiva al momento de tomar determinadas resoluciones. Y es que la paz –con todo lo útil que puede llegar a ser– no fue diseñada por Dios para ser el barómetro de nuestras decisiones.

Los mandatos explícitos de la Escritura siempre deben ser obedecidos (1 R. 2:3). Lo ideal es que el corazón esté en paz con ello, pero si aún no lo estuviese, la decisión de obedecer debe mantenerse inalterable. Es así como los cristianos somos convocados a hacer lo correcto (Fil. 4: 8–9). La paz que experimentan algunas personas después de tomar una decisión difícil, muchas veces resulta ser solo un «sentimiento» de tranquilidad por haberse desprendido del estrés y la tensión que les implicaba tomar la decisión, lo cual no quiere decir necesariamente que han hecho lo correcto.

Considere una muestra de textos del NT que describen el camino de la vida cristiana.
«Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc. 9:23.)

«Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado» (1 Co. 9:26-27)

«Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis» (Gá. 5:16-17)

«Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma» (1 P. 2:11)

La terminología es enfática al declarar: «niéguese a sí mismo»; «golpeo mi cuerpo», y «lo pongo en servidumbre», en directa relación a la necesidad de caminar en santidad. Así también, las expresiones como: «los deseos de la carne son contra el Espíritu» y «pasiones que combaten», nos ayudan de igual manera a comprender la realidad que todo creyente en su peregrinaje por este mundo debe enfrentar. El hilo conductor de estos pasajes es el conflicto interior que es normal y bueno a medida que el cristiano se esfuerza por alinear su corazón y obras con la voluntad de Dios.

Los escritores del Nuevo Testamento describen la vida cristiana diaria en terminología de batalla. Por lo tanto, tener una paz sobre las decisiones en la vida podría ser una mala cosa. Aún más, cuando se trata de la toma de decisiones bíblicas, puede que inclusive tengamos que enfrentar una guerra al respecto.

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Cómo tener gratitud en la adversidad

18 Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús. 

1 tesalonicenses 5:18 

Tener gratitud en medio de las dificultades no es algo lógico de pensar. Lo más común sería sentir enojo, tristeza, depresión, frustración, etc. Sin embargo Dios le da este mandato a los creyentes de dar gracias a Dios en todo, en cualquier situación que enfrenten. La base de esta recomendación es el hecho de que Dios hace que todas las cosas ayuden a bien a los que le aman (Ro. 8:28). Esto es una gran oportunidad para establecer principios que nos serán de ayuda para entender y vivir como Dios lo desea. En esta reflexión analizaremos lo que Dios dice sobre la gratitud y la voluntad de Dios dada en este pequeño, pero profundo pasaje de 1 de tesalonicenses 5:18

 

La intercesión y la acción de gracias suelen ir juntas siempre en el pensamiento del apóstol Pablo. No nos sorprende, pues, que proceda ahora de la una a la otra: dad gracias en todo.

 

Con la gratitud ocurre lo mismo que con el gozo: podemos abocarnos de tal manera a causa de los problemas inmediatos que perdamos nuestra visión de larga distancia; o nos fijamos tanto en el medio que perdemos de vista el fin. 

 

Como ya hemos visto, absolutamente todas nuestras circunstancias, en la buena providencia de Dios, contribuyen para nuestro bien (Romanos 8:28) y aun las horas más negras de nuestra vida persiguen una finalidad positiva de santificación, maduración espiritual y transformación a la imagen de Cristo (ver Romanos 5:3–5; Hebreos 12:11). Es por esto que no hay razón por la que no podamos dar gracias en todo.

 

Es verdad que podrías estar padeciendo por causa de Cristo, por causa de hacer lo correcto y nuestro Señor señaló en su sermón del monte:

11 Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. 12 Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros. Mt. 5:11-12

Puedes agradecer porque Dios te ha tenido por digno de padecer por él y de atesorar un gran galardón en los cielos por siempre.

También podrías estar experimentando la justicia de Dios por tu pecado personal y aún puedes dar gracias ya que Hebreos 12:6-8,11 señala que Dios disciplina a sus hijos por amor, eso refleja que le importamos y aspiramos a un efecto santificador.

6 Porque el Señor al que ama, disciplina, Y azota a todo el que recibe por hijo.  Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. 11 Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.

Hebreos 12:6-8,11 

El creyente siempre tiene razones para agradecer, La ingratitud es una de las marcas del mundo (Romanos 1:21). En cambio, el creyente, limpiado por Cristo como los diez leprosos en Lucas 17:11–19, debería manifestar su alegría y devoción por Él. Desgraciadamente, a veces parece que el pueblo de Dios sigue más el ejemplo de los nueve leprosos que se fueron, que el de aquel leproso se acercó a agradecérselo.

 

Necesitamos el espíritu del salmista:

 

Bendice, alma mía, al Señor, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios Salmo 103:1–2.

 

Nuestra porción termina en el verso 18 con la frase: porque esta es la voluntad de Dios para vosotros en Cristo Jesús— y con ella no solo conecta la última virtud, sino que las últimas tres de estos pasajes: el gozo, la oración y la gratitud. 

La voluntad de Dios para sus hijos es que continuamente, en todo tiempo y en toda circunstancia, experimenten el gozo, practiquen la oración y expresen gratitud. Las tres frases no corresponden a tres actitudes alternativas, sino a tres facetas que deben caracterizar a cada cristiano.

 

Por supuesto, estas tres cosas no constituyen la totalidad de la voluntad de Dios para el hombre, ni siquiera la parte más importante, sino que forman una parte intrínseca de su voluntad total. Hay otras muchas virtudes que debemos mostrar como creyentes: la santificación (4:3, 7), la devoción al Señor, el amor al prójimo, el testimonio ante los incrédulos … Pero estas tres también son «voluntad de Dios». En el texto griego, voluntad no lleva artículo, indicando esto mismo: que se trata sólo de una parte de la voluntad de Dios, pero de una parte ineludible.

 

La adición de la frase en Cristo Jesús es un rasgo típicamente paulino y se presta a varios matices de interpretación. Puede referirse a la revelación de la voluntad divina (… la voluntad de Dios tal y como se nos ha dado a conocer en Cristo Jesús), o a los que hemos recibido este conocimiento (… la voluntad de Dios para los que están en Cristo Jesús; desde luego, los que no están en Cristo no conocen de manera permanente el gozo, la oración y la gratitud), o a la manera en la que tenemos que cumplir esa voluntad (sólo en Cristo recibimos el poder y el entendimiento para ponerla por obra). 

 

Todas estas cosas son ciertas y lo mejor es dar espacio a todas ellas. Puesto que en Cristo hemos recibido la revelación de cuál es la voluntad de Dios, debemos vivir no como necios, sino como entendidos (Efesios 5:17). Puesto que estamos en Cristo, no debe sorprendernos que Dios nos pida una vida radicalmente diferente de la del mundo: gozosa, intercesora y agradecida, en vez de quejumbrosa, egoísta e ingrata. Y, puesto que en Cristo recibimos las fuerzas necesarias para vivir conforme a la voluntad de Dios, no tenemos excusa si el gozo, la oración y la gratitud no son marcas características de nuestra vida.

 

 

¿Cómo tener gozo en la adversidad?

La Biblia señala en 1 Tesalonicenses 5:16 “Estad siempre gozosos” y con ello apreciamos la voluntad de Dios para la vida de los suyos. Naturalmente este mandato suele ser cuestionado por nuestra carne cuando enfrentamos tiempos difíciles, pero no por ello, deja de ser nuestro deber y privilegio el asimilarlo.

 

Para entender cómo podemos obedecer a este mandato es necesario que entendamos primero que el gozo permanente es algo que solo los creyentes pueden vivir en el Señor. En el contexto del pasaje podemos ver que el mandato está dirigido a la iglesia. Los incrédulos no pueden experimentar el gozo bíblico, ya que buscan en sí mismos o en otros lo que solo Dios puede proveer.

 

Es en Cristo, que el creyente puede disfrutar de la obra del Espíritu Santo, cultivando su fruto. Gálatas 5:22-25 señala:

22 Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, 23 mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. 24 Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. 25 Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu. Gál. 5:22-25

Notemos los detalles, la Biblia habla de El fruto del Espíritu. Note bien eso, es el fruto de Él. Todo esto es parte de su naturaleza, no puedes separar uno de otro como virtudes con vida propia, todo esto se encierra en Él, por lo tanto, cuando el Espíritu está con alguien, Él provee de todas estas cualidades que son su fruto. El verdadero creyente no tiene solo una o algunas virtudes de este fruto, lo tiene completo. El problema aquí se genera si la persona no está dispuesta a vivirlo,  pero lo tiene. Y el gozo es el segundo componente de este fruto.

 

La razón por la cual un árbol puede dar fruto es porque tiene vida y el verdadero creyente puede dar fruto porque Cristo nos dio vida cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados.

Pablo, señaló en Romanos 14:17:

Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo.

Romanos 14:17

Es de ayuda también señalar, que el gozo no es circunstancial. La palabra siempre no da espacio para equivocaciones al respecto. Si la fuente de gozo es Cristo y el creyente está ligado a Él, siempre puede experimentarlo. 

 

El hombre natural define el gozo como una felicidad puntual asociada a una situación fortuita o un hecho favorable particular, pero el gozo del cristiano no procede de las circunstancias, sino de las bendiciones que ya le pertenecen porque está en Cristo.

 

Esa es la razón por la cual aún en asedios de dolor o tristeza, el creyente puede perseverar en el gozo. Un gozo que según las Escrituras es inefable y lleno de gloria (1 Pedro 1:8), el cual no desaparece en medio de las pruebas.  

 

Por eso mismo, el apóstol puede describirse a sí mismo y a sus compañeros como entristecidos, mas siempre gozosos (2 Corintios 6:10) y puede afirmar que se gloría en las tribulaciones (Romanos 5:3; cf. Santiago 1:2).

 

Antes de llegar a Tesalónica, el propio apóstol Pablo y Silas estuvieron en la cárcel de Filipos después de haber sido terriblemente maltratados, pero su actitud es impresionante, ellos están cantando alabanzas a Dios (Hechos 16:25) tal fue el impacto de sus vidas de gozo en la adversidad que luego los mismos Tesalonicenses aprendieron de aquello. 

 

Pablo les reconoce al comienzo de la carta de la siguiente manera:

 

Y vosotros vinisteis a ser imitadores de nosotros y del Señor, recibiendo la palabra en medio de gran tribulación, con gozo del Espíritu Santo. 1ª Tes. 1:6

Los tesalonicenses, como el común de la iglesia primitiva, debían lidiar con la persecución política y religiosa por causa de su fe en Cristo, pero lo podían hacer con gozo porque tenían un criterio correcto de quien era su Señor a quien imitaban. 

 

De hecho, ese mismo Señor nos da un modelo sin igual. Las Escrituras nos enseñan que Cristo fue “varón de dolores, experimentado en quebranto”. Sin embargo, él poseía un gozo profundo que iba más allá de todo lo que el mundo pudiera ofrecer. Aun frente a la realidad inminente de su muerto, Cristo le señalo a sus seguidores: “Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido “ (Juan 15:11). Y el libro de Hebreos nos enseña que por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz. (Hebreos 12:2).

 

El gozo del creyente es el resultado natural de una relación íntima y constante con Dios a pesar de las circunstancias, no depende de situaciones físicas transitorias, sino de realidades espirituales permanentes. El creyente, ciertamente, tiene que afrontar muchos contratiempos, pero lo hace a sabiendas de que constituyen una aflicción leve y pasajera en comparación con el eterno e incomparable peso de gloria que, por la gracia de Dios, será manifestada (2 Corintios 4:17).

 

En otras palabras, detrás de las pequeñas circunstancias de la vida, el creyente siempre vislumbra la mano providencial de Dios trazando un plan mucho mayor y más glorioso. Sabe que no es llamado a sufrir en vano, sino que las aflicciones sirven, bajo la providencia divina, para adelantar el proceso de su santificación y transformación. Consciente de que Dios obra todas las cosas, aun las más adversas, para su bien, puede experimentar gozo incluso en los momentos más oscuros.